Aquí iremos incluyendo lo más curioso y/o divertido que ha ocurrido durante la larga historia de los cenotes.

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"A grandes males..."

En nuestra infancia como sociedad, allá por Marzo de 1995, visitamos Can Solà del Pla, una encantadora masía sita en la vallesana población de Matadepera. Después de tantos años no puedo dar muchos detalles, pero sí puedo afirmar que por aquel entondes era un local acogedor, agradable, con una cocina de muy buen nivel y un servicio profesional y atento.

Uno de los miembros se presentó al cenote anunciando que estaba especialmente hambriento. Nada nuevo, como si los demás no reservásemos hambre para degustar las delicias que estaban por vernir. Nos traen las cartas, estudiamos detenidamente el contenido de las mismas, empezamos a salivar y el camarero acude para tomar nota. Nuestra sorpresa es que el miembro "especialmente hambriento" se decanta por un Carpaccio como primero. No dejamos de advertirle que, conociendo su apetito habitual, y habiéndonos puesto en antecedentes de su estómago vacío para la ocasión, un Carpaccio le puede parecer una broma de mal gusto. El dice que quiere tomar algo fresco de primero, así que ante este argumento, nos callamos y esperamos el servicio para ver qué pasa.

Cuando llega su plato, la desilusión se pinta en su cara. Es tan... ¡¡¡poco!!!. Así que piensa que, a grandes males, grandes remedios. Los demás nos tronchamos a su costa, pero las risas cesan cuando contemplamoa atónitos cómo procede a abrir por la mitad los panecillos situados en el centro de la mesa, empapar las mitades en el sabroso aceite y a depositar las lonchas de carne entre las dos partes del pan, de forma que su plato de Carpaccio se ha convertido en tres o cuatro sabrosos bocatas. La siguiente escena la recordaréis aquellos que hayáis visto la primera entrega de "Parque Jurásico". ¿Recordáis el momento en que el T-Rex se zampa al abogado de un único mordisco? Bien, exagerando un poco la situación, eso es más o menos lo que sucedió con los bocatas de Carpaccio no bien el último plato hubo tocado la mesa.

Un momento realmente cómico que no dejamos de reprochar a nuestro amigo, aunque él aún se niega a reconocerlo como real.

by Sami

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"Tal como éramos"

Lo que se va a contar aquí puede parecer una exageración, pero os aseguro que es rigurosamente cierto. Es sabido de la capacidad de algunas personas para engullir enormes cantidades de comida. En nuestra sociedad contábamos con dos de esas personas. Y digo contábamos no porque esas dos personas hayan desaparecido de Los Cenotes, sino porque los años no pasan en balde y las hazañas engullidoras de nuestros queridos Raül y Josep forman ya parte de nuestra mitología particular. Aunque ambos seguirían obteniendo cuanto menos un diploma olímpico en una supuesta competición de zampabollos, en el pasado hemos presenciado auténticas atrocidades protagonizadas por sus respectivas bocas y estómagos. De todas ellas, como mínimo una merece ser contada aquí.

Era Noviembre de 1997 y celebrábamos nuestro tercer aniversario de existencia como sociedad. Como de costumbre en aquellos primeros tiempos, nos reunimos en el restaurante La yaya Amelia de la calle Sardenya, lugar donde empezó esta tradición y donde fueron redactados los estatutos. Haré un pequeño inciso en la narración para aclarar que hace muchos años que no visitamos La yaya Amelia, ya que pasó por un proceso por el que se perdía atención a los fogones de modo inversamente proporcional a como se aumentaban los precios de la carta, pero por aquel entonces su cocina era una auténtica maravilla. Y nadie hubiese dicho que en aquel lugar se comía tan bien, de hecho, desde fuera parece uno de esos baretos con el refrigerador acristalado a la vista de los transeúntes, mostrando algunos de los productos que se sirven dentro. Pero, compañeros, cuando uno se decidía a traspasar las puertas del local y observaba las dimensiones del abdomen del jefe de sala, empezabas a pensar que aquello, de bareto, poco debía tener.

La mayoría de nosotros comenzó el ágape con una de las especialidades de la casa, una deliciosa cazuelita de almejas y colas de langostinos al ajillo que te servían tapadas, con el aceite aún hirviendo. Y digo la mayoría, porque Raül se decantó por otra especialidad de la casa algo más contundente: un platazo de pochas que se servían acompañadas por un frasco de chiles verdes, al estilo de muchos restaurantes en Euskadi. Mientras degustábamos nuestra cazuelita, Raül hizo desaparecer su plato de pochas y la mitad del contenido del frasco, acompañándolo con pan, claro, y por último, tuvo la gentileza de rebañar el plato con una última rebanada, seguramente con el honorable fin de que en cocina tuviesen que gastar poco en lavavajillas. Observando que nosotros también habíamos mojado pan en nuestras cazuelas, pero que en todas ellas restaba una cantidad considerable del picante y sabroso aceite, le pareció un desperdicio dejar los servicios en ese estado, tomó una nueva rebanada y continuó ejerciendo sobre nuestras cazuelas el mismo ejercicio de pulcritud y urbanismo que le había dedicado a su plato, hasta que todas quedaron bien brillantes y sin restos de grasa.

En eso llegaron los segundos. Otra de las especialidades del local era el chuletón de ternera gallega, que se solicitaba al peso. Seguramente por un error de interpretación (queremos pensar que fue eso), el camarero había anotado una porción de carne de 1400 gramos, que como correspondía a semejante pieza, fue depositada en el centro de la mesa para compartir entre los comensales. En cuanto aquella enorme fuente fue abandonada a su suerte, Raül reconocía sin ninguna duda su plato (era el único que había pedido carne de segundo), se adueñaba de la misma, e iniciaba una nueva demostración de envidiable apetito. Mientras los demás lo contemplábamos atónitos –bueno, Josep con cierta envidia a pesar de que él ya se había acabado su lenguado y despachaba el plato de bacalao a las tres salsas que su esposa Ana apenas había probado- el chuletón fue desapareciendo quedando en su lugar únicamente un hermoso hueso y apenas unos restos de salsa y sangre que fueron enjuagados por nuestro amigo con su herramienta limpiadora favorita: el pan.

¿Pero qué es una buena comida sin un buen postre? Para la ocasión, siempre hemos obviado la oferta de la casa, y el Presi se ocupa de proveernos de un pastel de aniversario como mandan los cánones. En esta ocasión había seleccionado un gran pastel de nata, chocolate y yema quemada, con sus tres velitas y todo, una pesadilla para cualquier régimen. Y Raül debió pensar que para bajar los platos anteriores, que mejor que algo dulce, así que se sirvió un enorme pedazo, y, ya que sobraba bastante, un segundo trozo.

Cuando, a la mañana siguiente nos cruzamos en el trabajo sobre eso de las nueve, y con algo de malicia le pregunté que qué tal noche había pasado, me contestó sin inmutarse que “bien, me he tenido que levantar a beber agua porque tenía un poco de sed, ¿y tú?” y prosiguió su camino hacia el comedor comunitario sin hacer ningún esfuerzo por esconder el bocadillo de dos palmos que en breve se iba a reunir con el pan de la noche anterior, las pochas, el chuletón y el pastel.


by Sami

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“No importa lo maravilloso que esté resultando un día, que siempre aparecerá alguien capaz de joderlo”.

Agosto de 2001. Sabemos que el East 47, el restaurante del hotel Claris de Barcelona, ha abierto en la terraza del mismo hotel una “sucursal de verano”, y conociendo ya las magníficas referencias del lugar, nos decidimos a visitarla. Es una calurosa noche de verano, pero en las alturas de ese rincón del Eixample, sito en el chaflán de Valencia con Roger de Llúria, en cuanto se abren las puertas del ascensor no sentimos tanto calor y la vida nos parece un poco más hermosa. La terraza es de lujo, combinando luces, espacios y plantas hasta convertirla en un oasis íntimo y maravilloso, las mesas, servidas con el mismo exquisito gusto que distingue al local de la primera planta, dan un toque de distinción a la noche, las vistas a la ciudad, que se adivina tras los edificios más altos, nos hacen admirar aún más la geométrica exactitud de Barcelona, la clientela es discreta, educada y elegante, y la piscina iluminada le da un toque mágico que nos hace sentir en la gloria. Incluso una luna magnífica quiere compartir la cena con nosotros. Los platos son correctos, correctísimos, los tiempos entre ellos adecuados, y el servicio impecable; enfundados en un elegante smoking blanco y pajarita negra, los camareros que nos atienden casi no hacen notar su presencia. Está siendo una noche redonda para los abrumados sentidos de los miembros de Los Cenotes. Disfrutamos cada plato con el placer del que aprecia la calidad de unos fogones, y llega el momento de pedir los cafés. Culmino la cena como siempre con mi segundo carajillo de ron –es una de mis debilidades, opine lo que opine mi médico-, se aparece uno de los amables y discretos camareros que nos han estado atendiendo con exquisita discreción y profesionalidad durante la cena, enarbola la bandeja en alto, y en el tono más campechano que os podaís imaginar, escupe: “A veeeeeeerrrr, ¿para quién es el carajilleteeeeeeeeee? “. Incomprensible, pero tan cierto como que aún no nos hemos sobrepuesto de la impresión. Y, evidentemente, es motivo de jolgorio cada vez que lo recordamos.


by Sami

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“El mayor fiasco de Los Cenotes”.

Bien, ha habido varios. Después de tantos años y tantos restaurantes, es complicado acertar siempre con el lugar que satisfaga nuestras exigencias gastronómicas. Entre esas decepciones, no puedo olvidarme del Molí de Can Maspons de Cardedeu, al cual acudimos llenos de ilusión, con grandes referencias directas, haciendo un montón de kilómetros para encontrarnos con una carta y un local que no pasaba de un “Can” arregladito. Os puedo hablar del gran fracaso de Carmelitas, en Ciutat Vella, que visitamos merced a una propaganda sensacional en la prensa, y que nos pareció un bareto con platos y vasos de Duralex, de esos que no faltaban en el armario de cocina de las madres de los que, como nosotros, rebasamos la cuarentena. Con bombillas incandescentes de 25 W, de las que ya sólo vemos cuando vamos a visitar a nuestra abuela. Y, eso sí, carta, servicio y precios acorde con el local, en la que no hubiesen desentonado unos huevos fritos con papas. O de Ca l'Esteve, en Castellbisbal, donde nos tocó cenar mesa con mesa con una despedida de solteras, de esas en que el volumen de las risas y alaridos va vaciando el comedor al mismo ritmo que su mesa vacía jarras de sangría de garrafón. No es mi intención criticar a estos locales, pero decididamente esto no es lo que nos gusta encontrar en Los Cenotes…

Nada de esto es comparable a Can Cortés, situado en la carretera de l´Arrabassada, ya en el municipio de Sant Cugat del Vallès, que visitamos en julio de 1996. Si hay algo que no representa el espíritu de lo que buscamos en nuestra modesta agrupación, eso fue Can Cortés. Y desconozco si actualmente el local ha mejorado o si fue una cuestión de mala suerte, y seguramente es perfectamente válido para según que ocasiones, pero no nos quedaron ganas de volver para comprobarlo. Llegamos a lo que nos pareció una acogedora y antiquísima masía, encantadora, en plena Sierra de Collserola, ideal para un Cenote en el bochornoso mes de julio, nos acomodamos en la terraza, y… primera desilusión, de algún lugar del local brota una música pachanguera a todo volumen, del tipo “Tractor amarillo” que dificulta la conversación incluso con la persona de enfrente. Aderezada con berridos de todo tipo. Nuestro camarero nos aclara que se está celebrando una boda, están en plena fiesta, y que, además disculpemos de antemano los fallos que se van a cometer en el servicio porque la celebración requiere a la mayoría del personal… pero, ¿es que la boda no estaba reservada y prevista con tiempo para dotar al local del servicio extra que se necesitase, pensamos nosotros? ¿O al resto de clientes les van a cobrar menos que a los de la boda, ya que nos adelantan que vamos a tener peor servicio? “Vamos mal”, pensamos. Pero dejamos las preguntas esotéricas y pedimos la carta, nos decepciona, pero la presentación y calidad de los platos es aún peor. Recuerdo que pedí conejo preparado de alguna forma, y me trajeron quién sabe qué especie de mamífero patiabierto arrojado sobre una fuente de aluminio, sin ninguna gracia, ofreciéndose lujuriosamente, al punto que exclamé que no sabía si comérmelo o tirármelo (perdón por la vulgaridad)… A todo esto, como nuestros camareros no daban abasto con el servicio de la terraza, los intervalos entre platos se alargaban, se limitaban a retirarnos los servicios de la mesa y dejarlos apilados… en el suelo, al lado de nuestra mesa. Igual que el vino, parece que no había soportes para las cubiteras, y nuestro vino reposaba tranquilamente en su cubitera… también en el suelo. Nos lo tomamos con filosofía, desechamos cualquier pretensión gastronómica que hubiésemos podido albergar al respecto del restaurante, y procuramos reírnos y pasar un buen rato, pese a todo. No recuerdo el precio, ni siquiera si se disculparon con nosotros por el impresentable trato que nos habían dispensado, pero, por supuesto, y como mezquina venganza, dejamos una peseta de propina.

by Sami

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“El cenote mas íntimo de la historia”

En Febrero del 2002 decidimos visitar el restaurante Colibrí. No el actual, situado en la calle Casanova que también mereció nuestra atención unos años después, sino el que entonces se ubicaba en plena Ciutat Vella, cerca del mercado de la Boqueria. Ese Viernes desafortunado, a Raúl le surgió un problema familiar que le hizo imposible asistir, a Josep y Ana les falló el canguro sin tiempo de reacción, por lo que ella decidió quedarse con los niños, y el que suscribe, Sami, empezó a sentirse mal a pocos minutos de salir hacia el restaurante, con unos síntomas que indicaban un corte de digestión o algo parecido… Así que los dos únicos supervivientes, el Presi y Josep, pensando que no personarse en el restaurante seria muy feo, decidieron seguir adelante con un cenote que más parecía una velada romántica (¡ejem!). La cosa no tendría mucha más historia (aparte de ser el único cenote que me he perdido en todos estos años) de no ser por el vino. Si, el vino.La cosa fue más o menos así. Después de estudiar la carta se decantan por un caldo adecuado para acompañar el ágape, a un precio compensado, como intentamos siempre. “Lo sentimos, se nos ha acabado”, responde el camarero, tras consultar en la bodega. Bolígrafo en ristre ante la mesa esperando la nueva petición, repasan la carta de vinos rápidamente y el Presi repara en un Mauro con una pinta sensacional por solo 17.50 €. Lo encargan y la excelencia del vino sorprende a ambos, comentan entre risas que deben estar locos para ofrecer semejante maravilla a ese precio, se les hace corta la botella y están a punto de encargar una segunda, pero son prudentes (pese a que los puntos aún no amenazaban el itinerario de regreso) y lo dejan estar. Cuando piden la cuenta… ni por asomo responde a lo que esperaban. Repasan, ven que les han clavado 77.50 € por el Mauro y, ya sospechando lo que ha pasado, reclaman la carta de vinos. Al revisarla, se dan cuenta que el uno escrito a lápiz en el precio del vino que han pedido, en realidad es… un siete. Deformado, escrito con poco interés y algo borroso, pero… definitivamente un siete. Pagan una cuenta en la que la bebida pesa casi tanto como la comida y para consolarse de su error, sólo les queda pensar que el zorro del camarero podría haber reparado en que estaban pasando de un vino de veintipocos euros a uno casi cuatro veces más caro, y avisarles de forma disimulada, y dan gracias a Baco por no haber pedido la segunda botella… cosa que hubiese pasado de ser uno más, sin duda…

by Sami

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"La nueva receta de Doña Carme Ruscalleda"

Enero de 2002. Atraídos por la creciente fama de la entonces menos mediática Carme Ruscalleda, celebramos nuestro cenote mensual en el restaurante Sant Pau, en Sant Pol de Mar. Todo responde a las expectativas, el local está más que bien, el servicio, fenomenal, los platos de acuerdo a lo que sabíamos de esta gran cocinera. Por poner un pero, la estación de tren queda justo delante de la cristalera del restaurante y la gente que se baja del tren -muchos de ellos se ve que vienen de currar-, tiene que tragarse el espectáculo de unos congéneres afortunados disfrutando de las delicias del afamado local. Llega la hora de los cafés y uno de los miembros continua alucinado con su primer plato, unos huevos semiduros, pochados, con una costra de sofrito aromatizado rodeando la clara. Geniales, la verdad. En eso, Doña Carme hace su ronda habitual por el comedor, preguntando a los clientes que tal ha ido todo, recala en nuestra mesa y nuestro amigo no puede reprimirse en preguntarle por la fórmula de esos huevos maravillosos que acaba de saborear. Doña Carme, con el orgullo de la artista, le explica con todo detalle el secreto del plato, y cuando termina, nuestro compañero, encantado y un tanto azorado por la atención que le dedica la maestra, y sin duda pensando en alguno de los segundos que acabábamos de saborear, le formula la pregunta que nos ha estado haciendo a todos durante la cena, pero con una variante que no esperábamos: "pero estos huevos estaban tan buenos... ¿eran de gallina... o de VACA?" De VACA. El segundo de silencio que siguió a esto fue digno de la mejor comedia jamás filmada. Afortunadamente, la cocinera asumió la metedura de pata, y con una encantadora sonrisa, respondió que "son de gallina, el señor quería decir de pato, claro". Cuando se retiró de la mesa, la carcajada fue de las hacen historia, seis años después aún seguimos atormentándolo por semejando patinazo léxico...

by Sami
































No hi ha entrades.
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